Ves el calentamiento pre competitivo, sin un técnico en la banca, y una charla táctica donde los grandes dan las indicaciones a sus propios compañeros, asoma inentendible que este equipo esté puntero en su zona.

Pero detrás de esos tecnicismos lógicos de un deporte colectivo tan meticuloso como el básquet, la Primera Flex representa básicamente ese grupo de amigos que se juntan una vez por semana y se ponen la camiseta del club que los vio acercarse por primera vez a una cancha.

Podrían estar jugando en una plaza, en esos partidos a 20 puntos, pero este formato de torneos (Flex, por la flexibilidad en las confirmaciones de los equipos), les permiten calzarse la de Porteño. Con los colores que llevan en la sangre.

Y entonces convergen en un mismo roster, actuales integrantes de planteles prefederales, metropolitanos, entrenadores u otros ya retirados de la competencia formal, abocados de lleno a sus trabajos, profesiones y/o estudios.

Y juegan con la misma pasión, nervios y tensiones. Con un ritmo que permite como anoche, ante Luis Guillón, marcar diferencias en la cancha; no tanto en el resultado (67-55), sino en administrar los minutos, dando la sensación que el cotejo ya está definido en los minutos iniciales. Que las incertidumbres por el tanteador van a depender solo de ellos.

Luciano Lynch, capitán y uno de los mayores referentes de este deporte en el Club, se enoja como cuando integraba los U17 ante un fallo en su contra que considera injusto, y comienza a protestar poniendo la pelota en el suelo con indisimulable fastidio. Desde la banca le dicen que no siga, para evitar una falta técnica, y sin siquiera se lo pidan, sale solo para que ingrese un compañero con las pulsaciones más serenas.

En esa media cancha, Lucas Curiale en ambas facetas ofensivas: rompiendo la defensa con penetraciones veloces,o esperando la asistencia para lanzar desde atrás de los 6,75.

Esteban Belloni trasladando y asistiendo con su seriedad habitual (afortunadamente, sacó el carácter de su madre y no de su padre…), además de meter bombas que lo erigieron en el máximo goleador con 23 puntos.

El trabajo sucio y desinteresado de todo protagonismo (ítem que suma muchísimo en cualquier equipo) de Elías Mauro, Fede Rodriguez y Seba Cabrera, permitiendo el descanso de los habituales titulares, el buen aporte goleador de Julio Ferrari. Y en la pintura, un tridente con el cuchillo entre los dientes (Javier Cabrera, Mauro Taccone y Diego Camperi).

Entonces, mientras pasan los minutos, y lo observado en el rectángulo refleja la cohesión táctica, pero por encima de ello, una comunión de hermandad indestructible, se entiende su buen año.

Pueden perder sin dudas (anoche tuvieron revancha con quién les había sacado el invicto), y tal vez no les de para campeonar al momento de los cruces definitorias.

Pero ver un partido de ellos es remontarse al pasado reciente y mediano, junto a algunas realidades. Y disfrutar con la empatía de que cada uno de nosotros, tiene un lugar en el mundo.

El de ellos, es el Templo que da a la calle Barcala.