Este miércoles fue el cierre de la Colonia de Verano. Hay material que recolectamos, y en los próximos días lo estaremos transcribiendo en esta página.

Pero antes del momento donde los niños disfrutaron una sabrosa merienda al lado del quincho, con facturas, snacks, jugos y gaseosas, participaron de la última actividad, la cual consistió de calzarse los patines y andar con ellos por la cancha de hockey.

Cuando subieron junto a los profesores, los acompañé, y hablando con una de ellas, le pregunté sobre la Colonia. Allí comentó sobre la clausura, y por eso varios estaban disfrazados, como parte de los festejos. Pedí permiso para hacer unas fotos, y si existía la oportunidad de juntarlos para retratarlos. La respuesta fue afirmativa, pero antes sugirió hablar con el coordinador de hockey en la Colonia. Me lo señaló, y fui hasta él, quien estaba recibiendo a los niños.

Me presenté, expresé mi voluntad, y pedí su permiso. Muy amablemente, consintió, solicitando un tiempo para calzar con los patines a los chicos y así salir en las imágenes. Le pregunté su nombre. “Juan”, me dijo, y como generalmente me gusta saber también sus apellidos, para ir conociendo a los responsables de las actividades en Porteño, los cuales son muchos, quise saberlo. “Freire”, respondió, y allí mi rostro cambió por un respetuoso gesto adusto. “Soy quien escribe en la página del club, te conozco de nombre”, le dije,  y luego de una sonrisa, expresó: “Seguro me tenés registrado por Sofi”. Atiné a llevar mi mano hacia su brazo derecho y asentir en silencio.

Lo debo haber cruzado varias veces en las instalaciones, pero no lo registraba de manera personal. Me corrí hacia el lado de afuera de la cancha, y me enfoqué en observarlo. El amor con el que calzaba a cada niño era un reflejo maravilloso de como transmitía un sentimiento fuerte hacia cada uno de ellos; incluso se tomaba los tiempos para poder conversar de manera individual, preguntar por sus disfraces, por cómo la habían pasado. Estaba inmiscuido en sus mundos, de modo completamente real; solo le importaba las palabras que llegaban a sus oídos.

Me apoyé sobre la baranda y lo miraba detenidamente. Y mientras esperaba, mi cabeza giraba en torno a las enseñanzas que estaba adquiriendo en esas escenas. En cómo se pueden canalizar los dolores más extremos en brindar amor del puro, el modo de afrontar la vida sin que te consuman las tristezas profundas.

Soy hijo de una mujer que perdió de manera trágica a su primogénito, hace casi sesenta años atrás. Cuando aún estaba plena con su mente antes que un maldito alzheimer la siga deteriorando de manera cruel, me atreví a preguntarle si a pesar de tanto tiempo, a veces pensaba en el hermano que no conocí. “No pasa un día sin que lo haga”, me contestó, mirándome con un halo de tristeza infinita en sus ojos. Allí pude entender un poco lo irreparable de esas pérdidas…

Entonces, cada acto de Juan en esos minutos, los relacionaba a sus ganas que el corazón lacerado por el dolor no se deje vencer, y su sonrisa alejada de toda impostura, se instalara en el alma de los niños, como recuerdo imborrable de sus infancias en Estudiantil Porteño. Y sobre todo, reflexionar sobre algunas angustias mías, ponerlas en la balanza, y entender que siempre asoma alguien con situaciones superiores, por lo cual, debo absorber de sus ejemplos y aplicarlos en el diario vivir.

Mientras terminaba el ritual, varios patinaban con sus inconvenientes, pero mostraban una libertad envidiable. Luego, estuvieron listos, y posaron para la foto.

Les saqué un par, y de inmediato, la invitación final de Juan. “Chicos, hagamos una producción: contemos hasta tres, digamos Porteño, y señalemos a la cámara”. Hicieron caso, riendo al unísono, y el retrato perpetuo de unas vacaciones que recordarán por el resto de sus vidas.

Bajé hacia el Buffecito, con la sanadora experiencia de vivir un instante pleno de enseñanza.