En un reciente sobrevuelo por los canales de televisión europeos, en el de Italia me detuve porque daban cuenta de múltiple choque de vehículos en autopista del norte del país. En la nómina de víctimas fatales, mencionaron a una persona llamada Valerio. Pasó la noticia y funcionó el arcón de los recuerdos. Conocí a otro Valerio, nombre y apellido a la vez, en el club Estudiantil Porteño. Fue empleado de la institución, dedicado a multitareas, derivado a cantinero que ofrecía un exclusivo plato de comida: “pecetito con papas”, al horno.

Estudiantil Porteño se fundó en 1902, con sede social en la ciudad de Buenos Aires, mudada a Ramos Mejía por necesidades de expansión inmobiliaria. A 10 minutos en tren del límite con el límite oeste de la Capital Federal, el club se instaló en dos manzanas y media, que pertenecieron a una antigua cabaña de producción agrícola ganadera, a una cuadra al sur de Avenida Rivadavia y a 300 metros de la estación de ferrocarril. En la división territorial, cupieron la cancha de fútbol, la administración, el bufet, vestuarios, juegos de salón, básquet, tenis, hockey sobre patines, bochas y amplio parque, adornado por árboles, plantas, flores y pájaros, en cantidad y variedad notables.

En fútbol, el equipo compitió en primera división hasta el cisma que provocó el profesionalismo, a fines de la década de los años 20. Estudiantil se quedó en el amateurismo, en una lucha tan desigual como condenada al fracaso. La actividad languideció. La cancha se alquiló para el rugby de los Matreros y terminó loteándose, para que el predio se cubriera de viviendas de buena calidad. Luego la municipalidad de La Matanza adquirió el sector de parque, para habilitar un paseo público.

Supongo, a la lejanía temporal, que la entidad mantenida por la accesible cuota societaria, no estaba en condiciones de atender financieramente un plan de inversiones y afrontar los costos fijos de la extendida infraestructura, asentada en tierra cuya cotización del metro cuadrado ascendía al ritmo de la urbanización acelerada.

La calle Pueyrredón, del 100 al 300, era lateral derecho del club. Yo vivía al 700 de esa arteria y desde la infancia cubrí esa distancia casi a diario. Ahí estaba Valerio, un hombre grande para nosotros, sin preocuparse en precisar la edad. Hablaba castellano con resabio de acento italiano, común en el barrio con presencia de inmigrantes. Habitaba una especie de bohardilla, en el viejo casco edificado.

Valerio se ocupaba de reponer y apisonar, a rodillo manual, el polvo de ladrillo de las tres canchas de tenis y la de básquet. Colocaba y retiraba las redes para la práctica de esos deportes y la de los arcos del hockey sobre patines, en la pista embaldosada, a cielo abierto, también dispuesta a recibir a la concurrencia en los bailes de carnaval.

Especial empeño ponía Valerio en cuidar el espacio de las dos canchas de bochas, en las que él mismo jugaba con reconocida destreza. Cortaba la leña para alimentar la caldera, que proporcionaba agua caliente a las duchas de los vestuarios. Se lo buscaba para reparar la grifería con problemas y para clavar un decorado para la función de la creativa Troupe Natupé. No había herramienta que Valerio no empleara con acierto.

La apariencia de Valerio era la de un tipo hosco, de entrecejo fruncido y de bigote amenazante cuando nos retaba, por hacer lo que no debíamos. Cambiaba, cuando se sumaba al festejo por la victoria sobre un rival clásico y el campeonato ganado en cualquiera de las disciplinas, con la camiseta azulgrana. A la hora de cualquier conflicto entre barras, Valerio operaba en la primera fila de la nuestra, co las mangas de la camisa arremangadas y los puños cerrados.

Conjeturo que como premio a sus servicios, los directivos de Estudiantil Porteño le concedieron la explotación de la cantina del club, tarea en la que fue tan eficaz como en los trabajos pesados, con aprendizaje del oficio sobre la marcha, aferrado a una especialidad; en las múltiples veces que le preguntamos qué preparó para la cena, Valerio pasaba el trapo rejilla sobre el mostrador e informaba que disponía de “pecetito (peceto) con papas”, al horno, plato incorporado a la leyenda del emblemático personaje.

Hubo otro Valerio, uno de los primeros cónsules de la República Romana, en el año 303 antes de Cristo, consagrado como amigo del pueblo. El Valerio de la crónica es digno de ese legado, en el micromundo de Estudiantil Porteño.