EL RECUERDO DE UNA NOCHE INOLVIDABLE

Hoy hace dos años, el básquet de Estudiantil Porteño vivió su, hasta ahora, jornada más gloriosa, cuando en cancha de Vélez Sársfield venció a Náutico Hacoaj y se consagró campeón del Torneo Prefederal, accediendo así a ser parte del Federal, tercer escalón argentino.

La crónica siguiente remite a las palabras del periodista que cubrió para Porteño todo el certamen; una síntesis que desgrana las alegrías, tristezas, dudas, certezas, lágrimas y sonrisas de cuatro meses intensos, sanguíneos, emocionales; momentos tensos, distendidos, y el corolario con un campeonato sublime, de menor a mayor, hasta convertirse en el mejor de todos, con una plantilla espectacular.

Pasaron dos años, pero al rememorarlo, los sentimientos continúan a flor de piel. Imposible substraerse de aquel momento. Y si bien alguna vez se conseguirán logros deportivos, este llevará eternamente el sabor de un instante mágico, perdurable.

Salud Campeones!!!

La nota pura emoción en la noche que queda en nuestro corazón de por vida !! 

¿Desde qué lugar me pongo a la par de gente que estoy viendo en el quincho, de todas las edades, saltando, gritando, cantando, con los ojos enrojecidos, las gargantas con hilos de voz, tocando los redoblantes, disfrutando una noche a la que desean eterna? Decido mantenerme al margen, y observar sus alegrías conmovedoras. Es la fiesta de ellos, de aquellos que arrancaron con este proyecto cuando Porteño estaba en el sótano del subsuelo, y desde ese piso decidieron construir con una visión suficientemente amplia para soñar con un presente que en aquellos años eran sinónimo de locura. 

Los veo y me remiten a esos tiempos no tan lejanos donde el horizonte inmediato solo mostraba nubarrones. Es fácil hablar con el diario del lunes, pero poseo la tranquilidad de tener testigos: antes de comenzar la competencia, le dije a Juani que su equipo sería el campeón. Hay una aureola positiva, y tenía la corazonada que este torneo sería el cénit donde Estudiantil Porteño se mostraría ante el gran público, y éstos verían con sus propios ojos la coronación de un trabajo serio, sin estridencias. “Un día jugaremos el Federal”, me repetía una y otra vez la dirigencia. Estaban convencidos de este trabajo decantando en un acceso natural al TFB. Pero por momentos asomaron las dudas; solo ellos saben, junto al cuerpo técnico y jugadores, las tormentas imprevistas en el curso de las fechas. “Los resultados ayudan a sobrellevar eso”, me comentaba alguien al tanto de todo, mientras salíamos de Vélez. “Los resultados fueron consecuencia también de no haberse dejado enredar por esos contratiempos”, atiné a responder, obteniendo una rápida concordancia a mis palabras. Porque el mensaje más contundente dejado por estos jugadores es haberse sobrepuesto a los momentos álgidos. Soportaron dos derrotas ante el vecino, y con ello muchas semanas de cargadas al límite del oprobio y el mal gusto. Sacudieron las pilchas después de una noche floja en Morón, con fantasmas revoloteando por el cielo de Barcala. Cayeron en casa ante Independiente, resignando el segundo lugar y ya sacando cuentas que una semifinal los ponía de nuevo frente a Ramos. Y sobre todo, salieron a flote tras un flojísimo juego ante Caza y Pesca. Allí no hubo marcha atrás: o se convencían que esto iba en serio, o todo finalizaba con el halo del fracaso. Para todos. Lo sabían dirigentes, jugadores, y lo sabía Juani. La noche del segundo partido ante Cacyp me senté cerca de la banca. Cuando comenzó el tercer cuarto, ví a Matías daba las indicaciones, y Juani sentado, sin emitir sonidos. Me quedé mirándolo, y su semblante no era el mejor. A los cinco minutos se levantó y comenzó a dar transmitir instrucciones. La historia culminó esa noche con triunfo pero muchas dudas. Recién a las 48 horas me atreví a preguntarle al DT si mis impresiones sobre su estado en la silla eran erróneas. Me respondió, y allí entendí cabalmente que este sueño Prefederal estaba dejando jirones de vida. Si a mi, que estoy en un rol terciario, me afectaba, ni imaginar a los auténticos protagonistas. 

El tercer choque en Torcuato fue el renacer. Por esas ironías de la vida , en una de las jornadas más complicadas a nivel grupal, pero en lo que a despliegue dentro del rectángulo se refiere, una actuación irreprochable, con Morales asomando como caudillo fundamental, en un Pappalardi comenzando a mostrarse como el monstruo que es, y un Cortés tras esa ausencia de dos encuentros, regresado cambiado, para bien. Ya no se creía el centro del universo cuando tenía la pelota en sus manos, sino se presentó como un soldado más del batallón dispuesto a ir por la gloria grande. Y con un notable mejoramiento en los porcentajes de lanzamientos. 

Pase a semifinales, y llegó el Rancho. Todo el morbo del ambiente potenciado en los miedos colectivos. Negar eso sería de necios. Pero una jugada magistral de Juani (“me guardé cartas, yo sabía que en algún momento los volvería a enfrentar”, me dijo en la previa de la revancha) hizo que estos pibes jugaran para Porteño quizás el mejor encuentro de su historia. Por la instancia, por el rival, y por el escenario. Se tomó por asalto esa cancha, con un baile memorable. La revancha la vimos todos, y acceso a la final.

“Tenés el c… del campeón”, le dije en una nueva charla a Juani. Los planetas se alinearon detrás suyo, y el lanzamiento de Hacoaj saliendo de adentro fue una muestra cabal de ello. 

Se ganó una final fantástica. Dice la leyenda que Eisenhower, el Capitán de la Segunda Guerra Mundial, al ser notificado sobre el poderío enemigo al momento de entrar en batalla, espetó: “Cuando más grande es el rival, más grande es la victoria”. Náutico Hacoaj, con su enorme juego, solo potenció la majestuosidad del triunfo. Lo veremos una y otra vez este partido, y daremos cuenta de la heroica remontada del equipo, yendo de atrás durante 39 minutos, y pasar al frente por primera vez cuando se ingresaba en etapa de definiciones. ¿Importa acaso que el vencido merecía ganar? Nadie se acuerda de los merecimientos, y en todo caso, el mérito de Porteño fue saber capitalizar su momento, cuando aparecieron los jugadores que marcan la diferencia. Se recordará por siempre el paso de Titi y Alejandro por el club, la ascendencia de Sebastián, y el vacío inmenso que dejarán sus partidas. Pero lo de Diego quedará en las retinas por siempre. Se retiró por cinco personales, ovacionado por la hinchada, con su mejor performance con esta camiseta, y sellando a fuego lo que se dice de él: está programado para jugar finales. De aquel pantano tormentoso en Don Torcuato, Abeledo fue el compost decantando con una actuación inolvidable.

Juani finalizó su mejor certamen. Es verdad que ya fue campeón con el vencido de anoche y con su Padua natal. Pero esto es Prefederal, y el base estuvo a la altura de las circunstancias todo el tiempo. Confieso que me quedé con sabor agridulce en las semifinales contra Geba, y los cuartos ante Los Indios en el Prefe pasado. Deseaba verlo trascender en una instancia tan decisiva. Y me dio el gusto. Damelli la rompió de principio a fin.

El Misio es parte de los ladrillos del club. Dice presente cuando la noche es muy oscura; el primer juego fue artífice de una levantada memorable, y esta vez, puso su cuota para que Hacoaj no se escapara hasta el límite de lo inalcanzable. Un gran torneo para un tipo querible.

Y Nacho, el Gran Capitán. Revelación absoluta del campeonato. Uno de los secretos mejor guardados del oeste, salió a la luz en este certamen. La rompió. Literalmente. Sus actuaciones en el segundo partido ante Caza y Pesca, el primero frente a Ramos, y el del jueves contra Hacoaj, lo posicionaron como uno de los mejores defensores perimetrales, con su techo aún lejano, y sintiendo la camiseta añadida a la piel. Varias horas después de la consagración, de levantar el trofeo y colgarse en su cuello la red, sentado desde el perfil más bajo rodeado de sus amigos de la vida, seguía pegándole al redoblante, acompasando los cánticos dedicados a todos. 

De los pibes, solo Nachito, Bocha, Facu y Roly dispusieron de minutos, en menor o mayor grado. Pero son la punta de lanza donde en los años venideros comandarán a los que piden pista desde abajo, vaya a saber dónde.

En este pastiche de palabras, donde no me interesa analizar el encuentro, porque a nadie le importa, retomo el comentario inicial, retrocediendo hasta el momento donde ya quedaba escrita la palabra Campeón. La imagen, eterna, de jugadores abrazados con familiares, dirigentes e hinchas, con los nenes pidiendo fotos y autógrafos, con las madres besando a su hijos, con ese orgullo materno conmovedor, con tipos duros lagrimeando, con varios de ellos abrazándome, diciendo que soy parte de esto. Y mi procesión navegando por dentro…

Dicen que los caminos destinados a cruzarse, ninguna circunstancia adversa de la vida los puede separar. Debe ser verdad. Pero también es irrefutable que esta fiesta es suya. De quienes no claudicaron cuando nada era color de rosa, cuando la felicidad estaba en la vereda de enfrente; de los pibes que solo el amor por estos colores los mantenía incólumes ante las gastadas arribadas de pocas cuadras nomás. De los veteranos que soñaron con un Porteño entreverado con los campeones.

Madrugada plena del lunes. Sentado frente a la pantalla donde estoy escribiendo, rememoro toda su felicidad y me contagio de eso. Lo admito: hasta se me escapa alguna lágrima…

¡Salud, CAMPEON!